
“Los atormentados almendros salvajes del Jardín Botánico de Kirtenbosch son los restos de una cerca plantada en 1660 por Jan van Rieebeck, el jefe de los primeros pobladores holandeses que llegaron al Cabo de Buena Esperanza. Con ella pretendía mantener apartados a los pastores hotentotes que habitaban el extremo sur del continente africano. Las órdenes que había recibido Van Rieebeck eran explícitas: ni él ni el grupo de hombres que le acompañaba debía mantener contacto alguno con los indígenas salvo para conseguir vegetales y carne fresca”.
Alfonso Rojo, La Odisea de la tribu blanca.
La evolución de nuestro cerebro nos ha hecho diferentes al resto de los organismos vivos del planeta.
Su gradual evolución fue desembocando en una compleja red de vasos sanguíneos, neuronas y vías neurales agrupadas en cuatro lóbulos, que unidos, tienen la forma de una nuez producto de sus surcos y circunvoluciones externas.
De esta complejidad también ha emanado un complejo producto: la conducta humana, estudiada predominantemente bajo el concepto de mente humana.
Tan complejo es nuestro cerebro, y por ende la mente humana, que el mismo ha originado conductas tan dispares que a veces resulta difícil de comprender.
Y es que de este órgano maravilloso proviene la escritura, el arte, la filosofía, pero también las guerras, el colonialismo, la esclavitud y el racismo.
Un problema social histórico

El racismo es un fenómeno complejo y para poderlo entender, aprender y combatir es necesario abordarlo desde un punto de vista interdisciplinario, expresó la socióloga Olivia Joanna Gall Sonabend, investigadora del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH).
El racismo ha sido —y lamentablemente sigue siendo— una característica tan destacada de tantas sociedades humanas que podría resultar tentador pensar en él como algo de algún modo “natural” o “innato”.
De hecho, esta es la conclusión a la que han llegado algunos psicólogos evolucionistas. La psicología evolucionista intenta explicar los rasgos humanos actuales en función del beneficio que pudieron haber aportado a la supervivencia de nuestros antepasados. Si un rasgo ha sobrevivido y se ha vuelto prevalente, entonces los genes asociados a él deben haber sido "seleccionados" por la evolución.
Según esta lógica, el racismo prevalece porque a los primeros seres humanos les resultó beneficioso privar de recursos a otros grupos. A nuestros ancestros no les habría beneficiado ser altruistas y permitir que otros grupos compartieran sus recursos; eso solo habría disminuido sus propias posibilidades de supervivencia. Pero si pudieran subyugar y oprimir a otros grupos, esto aumentaría su propio acceso a los recursos. En estos términos, según Pascal Boyer, el racismo es «una consecuencia de estrategias económicas altamente eficientes», que nos permiten «mantener a los miembros de otros grupos en una posición de estatus inferior, con beneficios claramente inferiores». Otra idea relacionada es que considerar al propio grupo como especial o superior nos habría ayudado a sobrevivir al fortalecer la cohesión grupal.
Sin embargo, como muchas de las historias de "así fue" que se plantean en nombre de la psicología evolutiva, estas ideas son extremadamente dudosas. En primer lugar, los antropólogos que han estudiado las tribus de cazadores-recolectores contemporáneas (que siguen el mismo estilo de vida que los seres humanos prehistóricos y, por lo tanto, pueden considerarse representativas del pasado antiguo de nuestra especie) informan que, por lo general, no se comportan con este tipo de hostilidad hacia otros grupos. No suelen ver a otras tribus cercanas como competidoras por las mismas fuentes de alimento ni intentar subyugarlas o restringir su acceso a los recursos. Los grupos de cazadores-recolectores contemporáneos son bastante flexibles, con una composición cambiante. Los diferentes grupos interactúan mucho entre sí, visitándose regularmente, formando alianzas matrimoniales y, en ocasiones, intercambiando miembros. Este no es el tipo de comportamiento que asociaríamos con el racismo.
Cabe destacar que los grupos de cazadores-recolectores no tienden a ser territoriales. No tienen una actitud posesiva hacia terrenos o recursos alimenticios específicos. Como lo expresan los antropólogos Burch y Ellanna, «tanto los límites sociales como los espaciales entre los cazadores-recolectores son extremadamente flexibles en cuanto a la membresía y la extensión geográfica».
También existe evidencia arqueológica de esta falta de preocupación por el territorio. El antropólogo Jonathan Haas escribe sobre la Norteamérica prehistórica, por ejemplo: «El registro arqueológico no ofrece evidencia de comportamiento territorial por parte de ninguno de estos primeros cazadores y recolectores. Más bien, parecen haber desarrollado una red muy abierta de comunicación e interacción que se extendió por todo el continente». De nuevo, este no es el tipo de comportamiento que encajaría con un racismo «innato».
La también coordinadora del Seminario Universitario Interdisciplinario sobre Racismo y Xenofobia, señaló vía remota que es un fenómeno que parece no querer morir; de ahí lo indispensable de mantener diálogos interdisciplinarios constantes, porque no hay una única forma de tratarlo.
Al dictar la conferencia

Gall Sonabend expuso que hace más de un siglo se decía que el racismo había causado un enorme sufrimiento a diversos grupos y personas, pero que ya se estaba superando ese fenómeno. Después de la Segunda Guerra Mundial la humanidad dijo que el racismo vivido en esa época jamás volvería a ocurrir, “no se permitiría un genocidio más por motivos racistas; desafortunadamente, vemos que este tipo de conductas parece no querer morir y sigue colocando a personas y grupos humanos en situaciones complejas, de inferioridad a unos y de superioridad a otros”.
Eso, dijo, hace que esa superioridad e inferioridad se consideren esenciales, es decir, del dominio de la naturaleza y sean permanentes, invariables y sustanciales. Por ello, a esa forma de crear inferioridad y superioridad se le cosifica y se vuelve esencialista, lo que hace que se vuelva un fenómeno difícil de atacar y modificar.
Mencionó que por racismo debe entenderse un sistema social estructural que constituye una forma de sentir, pensar y actuar, construida en torno a una característica específica de la creación de diferencias humanas, llamada racial.
La socióloga universitaria destacó que, a partir del siglo XVIII, esa manera de sentir, pensar y actuar se convirtió en uno de los más poderosos aparatos clasificatorios y jerarquizantes de las maquinarias de poder creadoras de desigualdad y dominación.
Aunque no es el único sistema estructural en los ámbitos social, político económico y cultural que genera diferencias radicales en términos de desigualdad, poder y dominación, el racismo en general actúa junto con otras condiciones como clases, género y diferenciación étnica, entre otras, “lo que complejiza aún más su capacidad de crear desigualdades”.
Por otra parte, citó que en 2003 la ciencia concluyó la secuenciación del genoma humano, avance científico que demostró a plenitud que todos los seres humanos del planeta, más allá de nuestro origen, etnicidad, lengua y color de piel, en nuestro ADN somos 99.9 por ciento idénticos, mientras que uno por ciento de las diferencias entre nosotros se aloja en nuestro genoma.
Si las sociedades fueran consecuentes con dicho adelanto, el racismo habría caído al día siguiente, “porque éste nació a partir de una serie de realidades sociales, políticas y económicas, pero también basadas en supuestos descubrimientos de unas ciencias no sólo naturales, sino también sociales que, al parecer, confirmaban –aunque nunca lo lograron– que los humanos sí estábamos divididos en razas”.
El fenómeno del racismo se da en personas de diferentes razas, y la discriminación humana también suele surgir hacia una cultura, ideología y religión diferentes a la propia.
Si escudriñamos los confines históricos del ser humano en el planeta, pareciera que el racismo lo ha acompañado desde épocas muy tempranas.
Sin embargo, el pasaje evocado al principio del escrito, y que se enmarca en el siglo XVII, alude a los primeros colonizadores blancos (holandeses, luego llamados bóeres) de la actual Sudáfrica.
Dicho pasaje parece el inicio de un sistema de racismo férreo y que luego se constituyó en una doctrina de Estado, el desdeñado Apartheid, que segregaba a los pueblos originarios de piel cobriza, y luego a los negros, de los blancos invasores, sistema que persistió hasta bien avanzado el siglo XX.
Así, el Apartheid pasó a la historia como símbolo del Estado racista.
La lupa de la ciencia
Los acontecimientos (2021) surgidos a raíz del asesinato del ciudadano afroestadounidense, George Floyd, mismos que conmovieron al mundo, colocaron el tema del racismo en primera plana, por lo que resulta relevante analizar y explicar algunos aspectos de esta problemática desde el punto de vista de la Neurociencia, más específicamente, exponer qué pasa en el cerebro de una persona racista.
Una síntesis de 18 investigaciones basadas en técnicas de neuroimagen, realizada por especialistas de la Universidad de Nueva York, en Estados Unidos, ha revelado que el cerebro humano utiliza los mismos circuitos neuronales, tanto para juzgar a una persona por motivos étnicos como para procesar emociones o tomar decisiones (Nature Neuroscience. 2012).
El estudio destaca el importante papel de la amígdala, junto con otras regiones del cerebro, en la expresión inconsciente del prejuicio racial, así como en su posterior control social.
Jennifer Kubota, primera autora de la compilación, también destaca el papel de la corteza prefrontal dorsolateral (modula la actividad de la amígdala), la corteza de la cíngula anterior (incide en la regulación de funciones cognitivas racionales como la empatía y las emociones), y la circunvolución fusiforme (influye en el reconocimiento de caras).
Según el doctor Larry Sherman (2018), profesor de Neurociencia en la Universidad de Ciencias y Salud de Oregon, Estados Unidos, el mecanismo racista, apelando a la resonancia magnética funcional, se da así: “Dentro de los milisegundos de ver una cara, las personas pueden captar las señales visuales de raza, género y edad aproximada.
Cuando a los varones blancos estadounidenses se les mostraron destellos de caras caucásicas desconocidas como parte de un estudio de la Universidad de Stanford, la primera área del cerebro que se activó fue el giro fusiforme.
Por otro lado, cuando se les mostraban rostros de personas de color, la respuesta del giro fusiforme se retrasó y la primera área del cerebro en responder fue la amígdala, responsable de la respuesta de lucha o huida; la cara no era una cara, sino una amenaza”.
Por otra parte, la profesora Jennifer Richeson, neurocientífica del Dartmouth College, Nueva Hampshire, Estados Unidos, también destaca el papel de la amígdala, ya que una de las funciones de esta estructura es interpretar qué puede ser una amenaza para nosotros, para después, despertar la sensación de rechazo, de incomodidad o de alarma.
Así, ha podido observarse cómo el cerebro de un racista activa al instante la amígdala al ver personas de otras razas u otras etnias.
Sin embargo, Richeson también destaca el rol de la corteza prefrontal al agregar que cuando se activa el “sistema de miedo”, las áreas prefrontales entran en acción para analizar la situación.
Su objetivo es pensar racionalmente, analizar la situación y disuadir o calmar ese sistema automático del miedo y el rechazo.
Este control cognitivo es clave para restar impulso al prejuicio, algo que no se da en el cerebro de un racista.
Por último, Richeson resalta el papel del cuerpo estriado, vinculando a éste con un proceso mediante el cual optamos por la conformidad social.
Es decir, hay personas que adhieren a lo que dice el grupo, a lo que defiende su familia, los amigos o una parte de la población, porque se activa un sistema de recompensa.
Aunque estas ideas evidentemente estén muy parcializadas, el cuerpo estriado ventral genera, ante las mismas, una recompensa liberando los neurotransmisores dopamina y serotonina.
Este mecanismo, instintivo y muy primitivo, permitía al grupo de nuestros primigenios, en el pasado, mantenerse unido y desconfiar de otros individuos ajenos a esa unidad social.
Sin embargo, otra interesante investigación realizada en niños por Eva H. Telzer y tres colegas de la Universidad de California, Estados Unidos, sugiere que los prejuicios de raza neuronales no son innatos, y que la raza es una construcción social, aprendida con el tiempo, ya que este pudiera aparecer a partir de la pubertad. Estudios previos sobre la raza que utilizaban resonancia magnética funcional en adultos, habían encontrado que la amígdala, la parte del cerebro que registra las emociones y sobre todo la detección de amenazas, se iluminó al ver los rostros de otras razas.
Sin embargo, en el estudio con niños, la amígdala no se activaba hasta que los participantes pasaban la edad de 14 años.
Molenberghs (2013) aclara que el racismo es un problema muy complejo, no sólo a nivel social (área donde la Antropología y las Ciencias sociales aportan otros puntos de vista), sino también en el cerebro.
No hay una sola área del cerebro involucrada en el mismo, al contrario, una compleja red de regiones cerebrales implicadas en la categorización social, la autopercepción, la empatía, el dolor y la percepción de la cara está involucrada en el racismo y otras formas de sesgos dentro de un grupo y discriminación fuera del mismo.
El racismo como mecanismo de defensa psicológica
Una perspectiva alternativa sostiene que el racismo (y la xenofobia en general) no tiene una base genética ni evolutiva, sino que es principalmente un rasgo psicológico; más específicamente, un mecanismo de defensa psicológico generado por sentimientos de inseguridad y ansiedad . Existe cierta evidencia que respalda esta perspectiva a partir de la teoría psicológica de la " gestión del terror ". Las investigaciones han demostrado que cuando las personas reciben recordatorios de su propia mortalidad, experimentan ansiedad e inseguridad, a la que responden volviéndose más propensas a la búsqueda de estatus, el materialismo , la codicia, los prejuicios y la agresión . Son más propensas a adaptarse a las actitudes culturalmente aceptadas y a identificarse con sus grupos nacionales o étnicos.
Según la Teoría de la Gestión del Terror, la motivación de estas conductas es aumentar la propia sensación de importancia o valor ante la muerte, o adquirir un sentido de seguridad o pertenencia, como forma de protegerse ante la amenaza de la mortalidad. El racismo es una respuesta similar a una sensación más general de insignificancia, malestar o incompetencia.
Es posible identificar cinco aspectos diferentes del racismo como mecanismos de defensa psicológicos . Estos también podrían considerarse etapas que conducen hacia versiones más extremas del racismo. En primer lugar, si una persona se siente insegura o carente de identidad , puede desear afiliarse a un grupo para fortalecer su sentido de identidad y encontrar un sentido de pertenencia. Formar parte de algo más grande que ella misma y compartir una causa común con los demás miembros de su grupo la hace sentir más completa y significativa.
No hay nada de malo en esto en sí mismo. ¿Por qué no deberíamos enorgullecernos de nuestra identidad nacional o religiosa (o incluso de nuestra identidad como aficionados al fútbol o al béisbol) y sentir un sentido de hermandad con quienes comparten nuestra identidad? Sin embargo, esta identidad de grupo puede llevar a una segunda etapa: la enemistad hacia otros grupos. Para fortalecer aún más su sentido de identidad, los miembros de un grupo pueden desarrollar sentimientos hostiles hacia otros grupos. El grupo puede volverse más definido y cohesionado en su alteridad y en su conflicto con otros grupos.
El tercer aspecto se da cuando los miembros de un grupo deciden retirar su empatía hacia los miembros de otros grupos, limitando su preocupación y compasión a sus semejantes. Pueden actuar con benevolencia hacia los miembros de su propio grupo, pero ser crueles y despiadados con cualquiera que no pertenezca a él. (Esto ayuda a explicar por qué algunos de los individuos más brutales de la historia, como Adolf Hitler, a veces se comportaban con amabilidad con quienes los rodeaban).
Esto está estrechamente relacionado con un cuarto aspecto: la homogeneización de los individuos pertenecientes a otros grupos. Esto significa que ya no se percibe a las personas en función de sus personalidades o comportamientos individuales, sino en función de prejuicios y suposiciones generalizadas sobre el grupo en su conjunto.
Y finalmente, llegando al extremo más peligroso y destructivo del racismo, las personas pueden proyectar sus propios defectos psicológicos y sus propias fallas personales en otro grupo, como estrategia para evadir la responsabilidad y la culpa. Otros grupos se convierten en chivos expiatorios y, en consecuencia, pueden ser castigados, incluso atacados o asesinados, en venganza por sus presuntos crímenes. Las personas con fuertes rasgos de personalidad narcisista y paranoica son especialmente propensas a esta estrategia, ya que son incapaces de admitir sus defectos personales y son especialmente propensas a demonizar a los demás.
Una correlación entre el racismo y la mala salud psicológica
En otras palabras, el racismo es un síntoma de mala salud psicológica. Es una señal de falta de integración psicológica, falta de autoestima y seguridad interior. Las personas psicológicamente sanas, con un sentido de identidad estable y una fuerte seguridad interior, no son racistas, porque no necesitan fortalecer su identidad mediante la identidad grupal. No necesitan definirse a sí mismas en distinción y conflicto con los demás.
La xenofobia no es la única respuesta posible a la inseguridad o la sensación de carencia, por supuesto; consumir drogas, beber en exceso y volverse obsesivamente materialista o ambicioso pueden ser otras respuestas. Las personas psicológicamente sanas no necesitan recurrir al racismo del mismo modo que no necesitan recurrir a las drogas.
También es útil recordar que no existe una base biológica para dividir a la raza humana en "razas" distintas. Simplemente existen grupos de seres humanos —todos originarios de África— que desarrollaron características físicas ligeramente diferentes con el tiempo al viajar y adaptarse a diferentes climas y entornos. Las diferencias entre nosotros son muy difusas y superficiales. En esencia, no existen razas, solo una raza humana.